Vivir en Venezuela puede ser reto constante, un llamado de atención inagotable, un curso intensivo y acelerado de crecimiento interno, aquí lo más simple puede ser un gran desafío, pero no creo que solo aquí la vida sea retadora, es un reto vivir en el mundo, en cada lugar los retos son distintos. Mientras hay vida hay retos que afrontar, y son retos diferentes para cada alma, para cada ser y a todos nos toca el aprendizaje de cada experiencia vivida.

Considero que en un 90% del tiempo puedo sobrellevar, enfrentar, fluir ante los retos de la vida de forma armónica, en ese porcentaje no me resisto, pero tengo mi 10% restante, que puede volverse caótico si las hormonas hacen su trabajo correctamente, si llega la menstruación, si cambia el clima, si se va la luz más de dos veces al día, si me quedo sin internet por mucho tiempo, si los recursos se acortan mucho, osea si la zona cómoda está muy movida y empieza a ser muy incómoda, etc… y así a pesar de mis disciplinadas meditaciones, mis constantes prácticas de yoga y mi insistencia en ver lo mejor de la vida a cada instante, mi humanidad se hace evidente y solo puedo detenerme a observarla como lo que es.

Siempre me he sentido una mujer muy humana, y tengo licencia abierta y personal para sentir y aceptar mis emociones y sentimientos, me siento feliz de ser mujer y fluctuar en el cóctel hormonal que se agita en mí interior, de funcionar como funciono, y creo que de no ser así como podría experimentar genuinamente la vida y evolucionar.

Esto me hace pensar: si esto me pasa a mí que he recibido tantas bendiciones en la vida y tantas enseñanzas, herramientas y oportunidades, que puedo retornarme una y otra vez al centro de mi corazón y aquietarme, ¿como será para otros? Solo puedo compartir lo que he vivido y experimentado y ese es el motivo de este post, compartir contigo mi experiencia autentica y lo que me a funcionado.

Mi forma de sanar ese 10% (si es que sanar es la palabra porque eso es parte de mí y creo que es perfecto que así sea) mi forma de seguir  mi impulso a  ver  lo mejor de la vida, de superarme a mí misma, de crecer, de evolucionar, de intentarlo una y otra vez, y otra vez y las que sea necesario es desapegándome de ese llamado egocentrista que desea que todo sea como yo quiero que sea, y que sea ya, y que sea así para mi. Mi forma de encontrar equilibiro en ese 10% lleno de energía plutoniana, escorpiona, volátil e impredecible es no resistiendo, es compartiendo, aportando, ayudando donde y como pueda cada día, a veces en cosas simples, a veces en compromisos más profundos, pero siempre dando algo, apoyando a otro, compartiendo lo que pueda.

Un día quizás comparta un almuerzo con alguien que no tiene como comer, otro quizás invite a meditar y hacer yoga a grupos de personas que no han accedido a estas prácticas, otros son simplemente ocuparme de mis seres queridos sin quejas, otros es dar mi amor incondicional genuinamente sin esperar nada cambio, a veces es dedicar mis prácticas y meditaciones a seres que lo necesitan, me resuenan o que sé que con luz en su camino su vida es más bonita. A veces desprendernos de lo material, tenemos tantas cosas y otros tan pocas que a veces hacernos espacio y llenar el de otros es un acto de amor. Otras es escuchar con atención a otros y terminar dándome cuenta ante sus experiencias que no tengo ni un solo motivo para quejarme porque mi vida, mi cuerpo, mis experiencias han sido bendiciones.

Elegir DAR en lugar de recibir, me permite entender que solo puedo entregar algo si ya lo tengo, doy lo que creo que necesito, y digo «creo»  porque si ya lo tengo, ¿De verdad lo necesito?» no nos enseñan el hermoso equilibrio que otorga aprender a DAR y a RECIBIR. Comenzar a hacerlo en consciencia es una base poderosa para vivir en armonía.

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